En el París de finales del XIX, la ciencia lanza al mundo una novedad a diario. La familia Chat se dedica a reunir todas las artes en una única; artesanía, mecánica, pintura... Fabrican autómatas. Anatol Chat nace en esta época, perteneciendo a la saga más célebre de fabricantes de autómatas de todos los tiempos. La infancia del pequeño Anatol se desliza entre maquetas de palisandro y lacados japoneses donde habitan diminutos personajes de cera y títeres articulados. Su abuelo le advierte; "No dejes que tu vida transcurra en el mundo cerrado de los sueños". Pero Anatol se sumerge en un universo distorsionado, admirando a los genios de las Exposiciones Universales, arrastrado por la fascinación que siente su padre por la mecánica. Inmerso en ferias rutilantes, encontrará su lugar entre los habitantes extraordinarios de un circo, y se dedicará a su pasión incluso elaborando réplicas de los muertos.. En la época en la que Freud posee un autómata que representa a Descartes, quizá un mundo prodigioso es una tentación demasiado poderosa, y jugar a ser Dios, demasiado fácil. Una atmósfera atrayente para un libro no muy usual.
- Señoras y señores, varones y baronesas, nobles y villanos, mantenidas y vividores, chulos y patricias, buscavidas y policías, señoritas y señorones, muchachos y muchachas, macacos y macacas, les presento a mi hermana Angélica. Mi hermana es tan sabia como los muertos, por la sencilla razón que estuvo muerta. Ja, ja, hay conquistas que requieren el esfuerzo de desaparecer. Mi hermana ardió como la tea. Como lo oyen. Sus cabellos ardieron, pero no su cara, que es esta misma cara, aunque no lo crean... Mas advierto que su muerte fue tan ficticia como su vida, por eso sigue viva. ¿No es cierto, Angélica?
- Es totalmente cierto, Rocambor - se oyó decir a una voz femenina, cristalina e infantil, que surgía del vientre del ventrílocuo con melena blanca y gafas negras.
Era difícil saber de qué estaba hecha la cabeza de Angélica, que casi parecía humana. A ratos semejaba una figurita egipcia, a ratos una virgen de la Edad Media, a ratos una niña dulce y maligna.
Rocambor acababa de sentar a Angélica en su brazo derecho cuando ella le preguntó:
- Y bien, mi querido Rocambor, ¿qué vamos a contarles a los distinguidos amigos que nos rodean?
- Podíamos contarles un cuento muy gracioso. A ver si se mueren de risa.
-¿Quieres que se mueran de risa?
-Sí - contestó Rocambor.
-Es muy difícil matar a alguien de risa, en realidad es casi imposible, Rocambor, y tú lo debes saber mejor que nadie. Pero en fin, por intentarlo que no quede. Inténtalo tú, si puedes.
- Lo intentaré, querida. Bien , nuestro cuento de hoy se titula " La ruleta rusa" (...)
(...) Cuando Rocambor concluyó su cuento, más de la mitad de los presentes estaban alcanzando el paroxismo de la risa, y nadie sabía muy bien por qué. No se reían sólo del cuento, se reían porque Rocambor y la niña les habían conducido a esa dimensión de la risa, se reían de alegría y rabia y deseo, y se notaba que las carcajadas eran cada vez más agudas e hirientes. Parte del público empezó a huir presa del terror. Entonces Rocambor clamó:
(...) Cuando Rocambor concluyó su cuento, más de la mitad de los presentes estaban alcanzando el paroxismo de la risa, y nadie sabía muy bien por qué. No se reían sólo del cuento, se reían porque Rocambor y la niña les habían conducido a esa dimensión de la risa, se reían de alegría y rabia y deseo, y se notaba que las carcajadas eran cada vez más agudas e hirientes. Parte del público empezó a huir presa del terror. Entonces Rocambor clamó:
- Veo que la gente es tan mezquina que rechaza el privilegio de poder morir de risa, que es la muerte común de los dioses. ¿Y si al final todos nos muriésemos de risa? ¿Y si en el instante mismo en que estamos cruzando la línea de la vida nos sobreviniera una carcajada infinita, una risa cósmica que atravesara millones de estrellas hasta llegar al fondo del cielo? Si fuesen así las cosas, ¿qué pensarías tú de la existencia, mi querida hermanita?
Ya todos habían dejado de reírse, todos menos un pobre viejo, que más que reírse, aullaba de risa. Al parecer el cuento le había hecho mucha gracia, pero más gracia le había hecho la amenaza que incluía el final y lo que Rocambor había dicho sobre las carcajadas perdiéndose en el universo. Y no podía detener su risa. Lo intentaba pero no podía, hasta que empezó a ahogarse y hubo que llamar a un médico.
Por primera vez en mucho tiempo, Anatol empezó a temblar bajo el disfraz de Rocambor. Llegó el médico e intentó calmar al riente, que murió en sus brazos no mucho después, tras una última carcajada aguda y letal, que paralizó su cerebro.
Por primera vez en mucho tiempo, Anatol empezó a temblar bajo el disfraz de Rocambor. Llegó el médico e intentó calmar al riente, que murió en sus brazos no mucho después, tras una última carcajada aguda y letal, que paralizó su cerebro.
- ¡Se acabó la risa!- murmuró con rabia el médico, depositando el cadáver con mucho cuidado en el suelo.

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