24/08/2010

Mi familia y otros animales

Este libro es la primera parte de la autobiografía del autor (proseguida por Bichos y demás parientes, y El jardín de los dioses). Durrell reconoce que su obra se iba a dedicar a los descubrimientos naturalistas que recopiló en sus primeros años de estudio, más cometió el error de mencionar a su familia en su texto y ellos se apoderaron de gran parte de su historia.

La familia Durrell se muda de Inglaterra a Corfú, buscando las bondades climáticas de las islas griegas. Iremos conociendo a los integrantes; Larry, el hermano mayor, escritor y excéntrico. Leslie, el mediano, aficionado a la caza y a las armas; Margo, la adolescente obsesionada con la figura, en guerra con el acné; el pequeño Gerry, amante de la naturaleza, quien adopta a todo bicho viviente y pretende darle cobijo en su casa, y por último, la señora Durrell, a la cabeza de esta pintoresca familia. Divertido a más no poder, sobre todo cuando se es consciente de que los hechos narrados a lo largo de toda la novela son totalmente verídicos. El libro se publicó en 1956 pero conserva su vigencia con un estilo fresco e hilarante.


Todos viajamos ligeros, cargados sólo con lo que considerábamos mínimos ingredientes de la vida. Al abrir el equipaje para la inspección de aduana, el contenido de nuestras maletas revelaba fielmente el carácter e intereses de cada uno. Así, el equipaje de Margo contenía una multitud de vestimentas diáfanas, tres libros sobre adelgazamiento, y un ejército de frasquitos con diversos elixires garantizados para curar el acné. La maleta de Leslie encerraba un par de jerséis de cuello vuelto y unos pantalones arrollados alrededor de dos revólveres, una pistola de aire comprimido, un libro titulado Sea su propio armero y un botellón de aceite que se salía. Larry iba acompañado de dos baúles de libros y una cartera que contenía su ropa. El equipaje de Mamá se dividía sensatamente en ropa por un lado y diversos volúmenes de cocina y jardinería por otro. Yo viajaba sólo con aquellos artículos que juzgaba necesarios para aliviar el tedio de un largo viaje: cuatro libros de historia natural, un caza—mariposas, un perro y un tarro de mermelada lleno de orugas, todas ellas en inminente peligro de volverse crisálidas. Así, plenamente equipados según nuestros criterios, abandonamos las viscosas costas de Inglaterra. (...)

Apenas, ya instalados [en la villa de color fresa], empezábamos a disfrutar de la isla, cuando Larry, llevado de su generosidad característica, escribió a todos sus amigos invitándoles a reunirse con nosotros. Aparentemente, no se había parado a pensar que en la villa sólo cabíamos los de la familia.
—He invitado a un par de personas a pasar aquí unos días —le dijo a Mamá una mañana, como quien no quiere la cosa.
—Buena idea, querido —respondió Mamá sin pensar.
—Se me ocurrió que nos vendría bien un poco de compañía inteligente y estimulante por estas tierras. No es cosa de atocinarse.
—Espero que no sean demasiado intelectuales, querido —dijo Mamá.
—Por Dios, Mamá, por supuesto que no: es gente normal, absolutamente encantadora. No sé de dónde has sacado la fobia de que todo el mundo sea intelectual.
—No me gustan los intelectuales —dijo Mamá quejumbrosa—. Yo no soy una intelectual, y no sé hablar de poesía y cosas de ésas. Pero siempre se creen que sí, que simplemente por ser tu madre puedo pasarme las horas muertas discutiendo de literatura con ellos. Y siempre me vienen con preguntas necias cuando más liada estoy con la comida.
—Yo no te pido que discutas de arte con ellos —dijo Larry displicente—, pero creo que podrías hacer un pequeño esfuerzo por disimular tu escalofriante gusto literario. Yo aquí llenando la casa de buenos libros, y se encuentra uno tu mesilla de noche atiborrada hasta los topes de libros de cocina, de jardinería y de las más abominables novelas policíacas. No comprendo dónde consigues todo eso.
—Son unas novelas policíacas buenísimas —dijo Mamá a la defensiva—. Me las presta Teodoro.
Larry dio un corto suspiro de exasperación y cogió otra vez su libro.
—No se te olvide avisar en la «Pensión Suisse» qué día llegan —apuntó Mamá.
—¿Para qué? —preguntó Larry, sorprendido.
—Pues para que les reserven habitaciones —dijo Mamá, no menos sorprendida.
—Pero yo les he invitado a estar aquí —señaló Larry.
—¡Larry! ¡No es posible! Tú eres un insensato. ¿Cómo van a estar aquí?
—No veo que haya que armar tanto escándalo —dijo Larry con frialdad.
-¿Pero dónde van a dormir? —dijo Mamá, consternada—. Si casi no hay sitio para nosotros.
—Tonterías, Mamá; hay montañas de sitio si nos organizamos como es debido. Pones a Margo y Les a dormir en la terraza, ya tienes dos alcobas; tú y Gerry podéis pasar al cuarto de estar, y eso deja libres vuestros cuartos.
—No seas absurdo, hijo. No podemos acampar por en medio como los gitanos. Aparte de que aún refresca por la noche, y no creo que Margo y Les deban dormir al sereno. En esta villa no hay sitio para invitar a nadie. Tendrás que escribir a esa gente y decirles que no vengan.
—Imposible —dijo Larry—: están en camino.
—¡Larry, verdaderamente eres lo más insoportable que conozco! ¿Por qué no se te ha ocurrido decírmelo antes? Pero no, esperas hasta que casi estén aquí para decírmelo.
—No creí que fueras a recibir la llegada de unos cuantos amigos como si se tratase de la mayor catástrofe del siglo —explicó Larry.
—Pero, querido, es que es absurdo invitar a nadie cuando sabes que no tenemos sitio.
—Mira que eres pesada —dijo irritado Larry—; todo tiene un arreglo facilísimo.—¿Cuál? —preguntó Mamá con recelo.
—Pues si esta villa no es lo bastante grande, mudémonos a otra que lo sea.
—¡Qué majadería! ¡Mudarse a una casa mayor sólo porque se ha invitado a unos amigos!
—¿Qué tiene de raro? A mí me parece la solución más juiciosa; al fin y al cabo, si aquí falta sitio, lo lógico es mudarse.
—Lo lógico es no invitar a nadie —dijo Mamá con severidad.
—No creo que nos siente bien vivir como ermitaños —dijo Larry—. En realidad los invité por ti. Son una gente encantadora. Pensé que te gustaría tenerlos; que te animarían un poco el panorama.
—Yo estoy ya muy animada, gracias —dijo Mamá muy digna.
—Bueno, pues a ver qué vamos a hacer.
—Pero, querido, de veras que no entiendo por qué no pueden quedarse en la «Pensión Suisse».
—Pues porque no está bien invitar gente a tu casa para luego meterla en una fonda de tercera.
—¿A cuántos has invitado? —preguntó Mamá.
—Oh, pocos... dos o tres... No vendrán todos al mismo tiempo. Calculo que irán apareciendo en lotes.
—Creo que por lo menos podrías decirme a cuántos has invitado —insistió Mamá.
—Bueno, ahora no me acuerdo exactamente. Algunos no contestaron, pero eso no quiere decir nada... lo más probable es que estén ya en camino y habrán pensado que no merecía la pena avisar. De todos modos, si haces presupuesto como para siete u ocho personas, creo que con eso sería suficiente.
—¿Quieres decir, incluidos nosotros?
—No, no; siete u ocho personas además de la familia.
—Pero es absurdo, Larry: no podemos meter a trece personas en esta villa, ni aun echándole la mejor voluntad del mundo.
—En ese caso, mudémonos. Te he ofrecido una solución perfectamente razonable. No sé por qué sigues discutiendo.
—Pero no seas ridículo, hijo. Aunque nos mudáramos a una villa lo bastante espaciosa como para alojar a trece personas, ¿qué haríamos con el sitio sobrante cuando se fueran?
—Invitar a alguien más —repuso Larry, asombrado de que a su madre no se le hubiese ocurrido tan sencillo expediente. (...)

Se hizo un largo silencio, en el que Larry leía plácidamente mientras Mamá abarrotaba jarrones de rosas y los diseminaba a voleo por la sala, murmurando para sí.
—Podías no tumbarte a la bartola —dijo finalmente—. Al fin y al cabo, son amigos tuyos. Es a ti a quien le corresponde hacer algo. - Con gesto de prolongados sufrimientos, Larry dejó el libro.
—Pero si es que no sé qué es lo que pretendes que haga —dijo—. Todas mis sugerencias te parecen mal.
—Si sugirieses cosas sensatas no me parecerían mal.
—No veo nada disparatado en todo lo que te he sugerido.
—Pero, Larry, por favor; sé razonable. Sencillamente, no podemos salir corriendo a otra villa porque vengan unas personas. Dudo que la encontrásemos a tiempo, de todos modos. Luego, está el problema de las clases de Gerry.
—Todo eso se podría resolver fácilmente con tal de proponérnoslo.
—Pues no nos mudaremos a otra villa —dijo Mamá—; y no hay más que hablar.
Se enderezó las gafas, dirigió a Larry una mirada de desafío y salió andando para la cocina, exhalando decisión por todos sus poros.

(Cabe decir que el siguiente capítulo se titula: La villa de color narciso)

3 vueltas de página:

  1. Un libro estupendoooo:))) lo que me reí de pequeñaaa:)) te sigoooo y buen findeeeee:))

    ResponderSuprimir
  2. Querida amiga lectora me gusta lo que lee ;)

    Beso

    ResponderSuprimir
  3. Este libro lo leyeron unos alumnos que conozco y parece que les gustó mucho :)

    ResponderSuprimir