Una niña huérfana aparece en las ruinas de un anfiteatro, y se queda a vivir allí, con el beneplácito del vecindario. No es una niña cualquiera; sabe escuchar como nadie. Pronto todos buscarán a Momo para contarle sus pensamientos, y ella siempre tiene tiempo para escuchar a todos. En su barrio la frase Vete a ver a Momo se ha convertido en proverbial. Aunque Momo se lleva bien con todos, tiene una amistad muy especial con Beppo el barrendero y con Gigi Cicerone o Girolamo.
Sin embargo, un día aparecen los hombres grises, unos extraños individuos que representan al Banco de Tiempo y promocionan la idea de ahorrar tiempo entre la población (tiempo que puede ser depositado en el Banco y devuelto al cliente después, con interés). En realidad, hacen que la gente lo olvide todo salvo su obsesión por ahorrar todo el tiempo posible para un hipotético uso posterior. Gradualmente, la siniestra influencia de los Hombres Grises afecta a toda la ciudad: la vida se convierte estéril, se deja de hacer todo lo que se considera perder el tiempo, como el arte, la imaginación o incluso dormir. Todo se vuelve uniforme. Y parece que cuanto más tiempo ahorra una persona, menos tiempo tiene: los hombres grises lo consumen en forma de cigarros, sin los cuales no pueden existir. Momo, con su actitud, se convierte en un serio obstáculo para los hombres grises, (si todo el mundo la imitara, los hombres grises se extinguirían) así que ellos pondrán todos los medios a su alcance para eliminarla.
Lo leí en mi adolescencia y lo he releído varias veces, cada vez más asombrada de la clarividencia y lucidez de Michael Ende, con una crítica a la sociedad moderna, tan vulnerable frente al consumismo, y en la que lo instantáneo está sobrevalorado. La idea de almacenes de niños, ya que los padres no tienen tiempo para estar con ellos, en su momento me pareció una exageración atroz, pero hoy en día es lo más común; las guarderías en las que los bebés son custodiados no son ficticias.
La novela muestra el peligro de verse seducido por los intereses ocultos de empresas que cuentan con el suficiente poder como para influir en el estilo de vida de la gente. Es también una profunda crítica al modelo racional de concebir el tiempo, un modelo economicista que olvida esos pequeños momentos y sensaciones que carecen de valor econóomico y por tanto pueden parecer superfluos, y que no obstante son realmente importantes en la vida humana desde el punto de vista espiritual.
La novela muestra el peligro de verse seducido por los intereses ocultos de empresas que cuentan con el suficiente poder como para influir en el estilo de vida de la gente. Es también una profunda crítica al modelo racional de concebir el tiempo, un modelo economicista que olvida esos pequeños momentos y sensaciones que carecen de valor econóomico y por tanto pueden parecer superfluos, y que no obstante son realmente importantes en la vida humana desde el punto de vista espiritual.
-Hola. Soy Bebenín, la muñeca perfecta.Momo se retiró asustada, pero entonces contestó, casi sin querer:-Hola; yo soy Momo.De nuevo, la muñeca movió los labios y dijo:-Te pertenezco. Por eso te envidian todos.-No creo que seas mía - dijo Momo - Más bien creo que alguien te habrá olvidado.Tomó la muñeca y la levantó. Entonces se movieron de nuevo los labios y dijo:- Quiero tener más cosas.-¿Ah, sí? - contestó Momo, y reflexionó. - No sé si tendré algo que te vaya bien. Pero espera, que te enseñaré mis cosas y podrás decir qué te gusta. Tomo la muñeca y pasó con ella por el agujero de la pared hasta su habitación. De debajo de la cama sacó una caja con toda suerte de tesoros y la puso delante de Bebenín.- Toma -dijo - es todo lo que tengo. Si hay algo que te gusta, no tienes más que decirlo. (...)La muñeca no dijo nada y Momo la empujó.- Hola - sonó la muñeca - soy Bebenín, la muñeca perfecta.- Sí - dijo Momo - ya lo sé. Pero querías escoger algo. Aquí tengo una bonita casa de caracol. ¿Te gusta?- Te pertenezco - contestó la muñeca - Por eso te envidian todos.- Eso ya lo has dicho - dijo Momo - Si no quieres ninguna de mis cosas, podríamos jugar, ¿vale?- Quiero tener más cosas - repitió la muñeca.- No tengo nada más - dijo Momo. (...) - Vamos a jugar a que vienes de visita - propuso Momo.- Hola - dijo la muñeca - soy Bebenín, la muñeca perfecta.- Qué amable de venir a verme - contestó Momo - ¿de dónde viene usted, señora mía?- Te pertenezco - prosiguió Bebenín - Por eso te envidian todos.- Escucha - dijo Momo - así no podemos jugar, si siempre dices lo mismo.- Quiero tener más cosas - contestó la muñeca, mientras pestañeaba.Momo lo intentó con otro juego, y cuando este también fracasó, con otro, y otro, y otro más. Pero no salía bien. Si la muñeca por lo menos no hubiera dicho nada, Momo habría podido contestar por ella, y habría resultado una conversación más bonita. Pero precisamente por hablar, Bebenín impedía cualquier diálogo.






