En Finlandia, la tasa de suicidios es bastante elevada, quizá influidos por su dicho "Lo más importante en esta vida es la muerte, y ni tan siquiera ésta es realmente importante".
El día de San Juan, fiesta de luz y alegría, el empresario en quiebra Onni Rellonen decide poner fin a su vida en un típico granero finés, inhalando dióxido de carbono del tubo de escape. Pero allí encuentra otro visitante, que apenas se mantiene en una silla tambaleante y con un nudo corredizo alrededor del cuello; es el coronel Kemppainen, un viudo desconsolado.
Disuadidos de momento de su propósito final debido al encuentro fortuito, empiezan a charlar animadamente sobre sus motivos, van a una sauna, toman un coñac, empiezan a tutearse y deciden fundar una asociación de aspirantes a suicida. Hasta una treintena de personas se unen a esta asociación, incluido un transportista propietario y gerente de La Línea Veloz de Korpela, S.A, así que todos deciden lanzarse en un flamante autobús, "La Flecha de la Muerte" hacia un tour en busca de el mejor acantilado para lanzarse al vacío, acometiendo un suicidio digno.
Cruzando Europa de punta a punta, irán acumulando experiencias y aventuras desternillantes en este viaje que incluye reflexiones irónicas y profundas sobre el deporte nacional finés, el suicidio.
Con un estilo directo y muy fácil de leer, es ésta una novela de carretera repleta de humor negro y absurdo, con un final previsible. Sin embargo, no importa el final, sino el cómo, y ahí, Paasilinna es un auténtico maestro en mantener el interés.
El coronel entró en la casa para buscar la carpeta que contenía, entre otras, su respuesta al anuncio del periódico. Se trataba de una tarjeta comercial de La Veloz de Korpela S.A, en cuyo reverso el transportista había escrito: "Muy interesado en el suicidio, pero sin tiempo para escribir en este momento. Pónganse en contacto y ya hablaremos".
El coronel cerró la carpeta y pasó a exponerle los proyectos de su grupo. Le contó que tenía en su poder los datos de seiscientos finlandeses y que los había utilizado para organizar el seminario de Helsinki. (...) Kemppainen le preguntó si había entendido bien el objetivo de la tropa. No estaban hablando de turismo de lujo, sino más bien se trataba de aliviar a personas desesperadas que se enfrentaban a cuestiones fundamentales, y juntas, intentaban hallar consuelo a su sufrimiento. (...)
Tras el desayuno, dieron una vuelta de prueba. Eran más o menos las siete. Recorrieron la provincia a una velocidad de vértigo; Turenki, Hattula, Hauho, Pälkäne, Lupioinen y Lammi, donde pararon a comer. Cuando abrió la licorería, compraron veitne botellas de champán y dieron media vuelta en dirección al lago Humalajärvi, para festejar el primer y exitoso viaje del buque insignia de la compañía La Veloz de Korpela S.A.
En lo mejor de la fiesta, se detuvo ante el jardín de la casa un coche negro del que se bajaron con torpeza dos hombres de aspecto formal. (...)
En lo mejor de la fiesta, se detuvo ante el jardín de la casa un coche negro del que se bajaron con torpeza dos hombres de aspecto formal. (...)
Los serios recién llegados se presentaron a Rellonen; uno era el comisario rural del distrito y otro un abogado de Helsinki. Este último dijo que representaba al oficial del juzgado encargado de la liquidación de su empresa en quiebra. El director gerente ofreció champán a sus visitantes, pero éstos no parecían estar para muchas fiestas. Estaban allí para otro asunto, algo mucho más grave.
El abogado sacó un fajo de papeles y declaró que, en virtud de la sentencia emitida con fecha de 21 de marzo del año en curso por el Tribunal de Primera Instancia de Helsinki sobre la citada quiebra, quedaba prohibida toda enajenación o destrucción del inmueble situado en la orilla del lago Humalajärvi, y asimismo, teniendo en cuenta los agravantes del caso, se declaraba la citada propiedad bajo embargo inmediato; por consiguiente, el director Rellonen tenía que hacer entrega de las llaves y retirarse de citado lugar, él y todos los allí presentes, esa msma noche antes de las doce.
El comisario del distrito añadió que, en caso de desobediencia, él mismo se presentaría en calidad de autoridad competente para facilitarle la mudanza y que, de ser necesario, también los oficiales de policía bajo su mando se ocuparían de acelerar dicho trámite.
Rellonen se opuso, diciendo que por lo menos seguía siendo amo de su casa y señor en sus propias tierras. Amenazó con presentar una queja al defensor del pueblo por la conducta oficial del juzgado y del comisario del distrito, y dijo que si hacía falta llegaría hasta el mismo presidente de la República.
Pero sus protestas no surtieron ningún efecto.
Le dieron permiso para vaciar el frigorífico, sacar del pozo la caja de cervezas puesta a refrescar y llevarse las ollas y demás menaje de cocina comprado en Urjala, que reconocieron como propiedad de los invitados de Rellonen. Vamos, que al director gerente le dejaron con lo puesto, y sólo le dieron permiso para coger sus enseres de aseo personal, además de una pastilla de jabón y una toalla. El resto de los bienes inmuebles quedaron confiscados en el interior de la casa, y Rellonen tuvo que entregar sus llaves a los invasores, tras lo cual aún le fue exigido que firmara el acta de embargo.
La formalidad fue llevada a cabo con la mayor brevedad y frialdad. Cuando terminaron, el comisario del distrito y el oficial del juzgado subieron al coche y se fueron por donde habían venido.
El oficial del juzgado le dijo al comisario, con indignación:
- Pues menuda fiestecita tenían organizada... Claro, no me extraña que el tío haya acabado en la ruina. Con una marcha como ésa, hasta el Banco de Finlandia se hundiria, así que... ni te cuento una lavandería...
El comisario no se quedó atrás. El mundo de los negocios estaba podrido de cabo a rabo. El tipo se había declarado insolvente, pero para champán sí que había dinero. Había contado al menos veinte invitados en la casa, y todos estaban borrachos como cubas. Estaría en la bancarrota, pero desde luego, eso no le impedía pasárselo en grande.
-¡Joder...! Y luego, ¡que pague el contribuyente!
- ¡Y cómo me hervía la sangre al ver a esos parásitos... tirando al lago las botellas de champán a medio beber! Les ponían el corcho y hala, al agua. ¡Qué vergüenza! Por suerte, ha terminado todo.
El comisario añadió:
- ¿Y qué me dice del coronel ése, que se pavoneaba más que nadie? Una conducta inadmisible para un representante de las fuerzas armadas. Los cuervos graznan donde apesta a carroña, eso ya se sabe.
El oficial admitió que de vez en cuando él también bebía champán, y con gusto, pero a sus expensas normalmente. Sin embargo, celebrar semejante sarao, y como quien dice, sobre las ruinas de una empresa sumida en la bancarrota... eso era inaudito. Daba náuseas contemplar semejante desenfreno, cuando en Finlandia quedaba aún tanta miseria material y espiritual. Cientos de personas se suicidaban en el país, gente que se veía superada por sus problemas... Y pensar que mientras tanto, semejantes sinvergüenzas se arrogaban el derecho de vivir a lo loco sin preocuparse por el mañana...






